sábado 31 de enero de 2009



Contando al poeta Whittier, éramos ocho almas en la habitación tapizada de azul, con chimenea victoriana en cuya repisa cuatro caballos de bronce iniciaban un eterno trote con su pata derecha, un número ecuestre propio de revista de variedades pasada de moda.
-¿Por qué estamos aquí?
Mi pregunta tenía la intención de provocar a , a quien tenía sentado a mi izquierda, en el sofá blanco con estampado de pequeñas flores lilas
- ¿Y por qué Zala se parece tanto a él? y, yo ¿qué pinto aquí, si ya estoy muerto?
-Eso- dije, en apoyo de Ahmed.
nos sonrió y el poeta, con su cuerpo etéreo y transparente, atravesó el velador y dos sillas georgianas - o de por ahí cerca- y declamó en contestación a nuestras palabras:

Amor sin muerte y siempre pleno
rebosando libérrimo y sin límite,
un eterno compartir, un todo entero,
pleamar sin reflujo, agua de vida.
Nuestros labios lo confiesan supremo
por sobre todo nombre que se nombra;
sólo el Amor sabe de donde vino,
sólo el Amor al mismo amor comprende.

-¿Y?- me encaré a , Whittier se esfumó hasta convertirse en un punto de luz sobre la jarra de café aguachirri. Mientras tanto, Federico, Virgi y Zala cuchicheaban en el sofá gemelo, frente a nosotros. En ese momento la luz de la habitación parpadeó, disminuyó la intensidad y la penumbra se hizo entre nosotros; el hombre blanco, nos sirvió más café. Era el mayordomo.

se rascó la rodilla sobre sus pantalones de algodón blanco, cruzó las piernas e hizo un gesto a Zala para que se callara.

- Todos vosotros tenéis una razón para estar aquí.

Federico y Virgi, asintieron, se notaba que estaban en el ajo por la complacencia que había en sus miradas, sólo faltaba que dijeran: pero si nosotros ya lo sabemos todo. La luz Whittier se hizo un poco más grande, como una pelota de tenis. Y Zala se cruzó de brazos, con el mismo gesto de Obama, su camisa arremangada hasta el codo le daba el aspecto que debe tener el presidente en el despacho oval cuando reflexiona sobre la pasta regalada a los ejecutivos de Wall Street.
-Sigue, por favor- Me sentía impaciente, no podía soportar tanta lentitud y circunloquio.

, se apartó el flequillo del ojo derecho, el mechón blanco se adivinaba suave, qué pelo tan manejable, pensé

-Bien, la cosa es que la única mortal aquí, eres tú - su largo dedo índice me señaló y después recorrió al resto de presencias para añadir:
-Ellos y yo no existimos aquí en este espacio tiempo. Ni siquiera Ahmed es real en este planeta.
-Pero......- farfullé
-Ni pero, ni leches- contestó con aspereza - y déjame acabar, tú eres parte de un experimento mental.
-¿Quéee ?
-Que te calles, he dicho y escucha: si te dijera que venimos del principio del tiempo, de la zona tenebrosa que hay en el origen de los Universos, no comprenderías, pero si te digo que en este planeta va a acontecer una transformación que tiene su origen en este país y en esta Casa y se encarna en un hombre, que hemos llamado Obama, y que en realidad significa BOA MA, buena madre en gallego vulgar, también significa buena mano.
La estupefacción y el aliento entrecortado me tenían mareada.
-¿En gallego? pero esto es un pitorreo o qué, no entiendo nada- dije y miré suplicante a Ahmed, que se iba desvaneciendo y ya sólo era una neblina con zapatos de rejilla.
El mayordono carraspeó antes de ofrecerme una pasta de té.
-No, gracias.
me miró intensamente a los ojos y fascinada por su iris ambarino, escuché sus últimas palabras antes de caer dormida.
-Las mismas experiencias que has vivido, ficticias, desde luego, sólo existentes en tu mente, las han percibido idénticas, mil millones de humanos por todo el planeta. Y lo mismo que te digo a ti, ahora, lo estoy diciendo a las otras novecientos noventa y nueve millones de individuas de este mundo, porque todas sois mujeres, en este mismo lugar.
-¿Ehhh? miré a mi alrededor, entontecida
- Que mil millones de mujeres junto a BOA MA vais a ser la vanguardia del gran cambio en este lugar de la galaxia, que lo sepas.

El jueves 22 de enero de 2009, en un punto kilométrico de la AP-7 un camionero abrió la portezuela de mi coche que había ido a empotrarse contra la valla de la autopista.

-¡Señora! ¿Está usted bien?
-Sí, oiga qué está pasando ....la Casablanca, yo estaba con ...
-Nada, tranquila, ahora mismo llega una ambulancia y se la lleva, sólo ha sido un reventón de rueda.
-¿Qué día es hoy? pregunté con el sabor del aquel maldito café aún en la boca.
-Es jueves y hace un frío del carajo, tápese con la chaqueta.



THE END




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domingo 25 de enero de 2009


Dentro de aquel cochazo, con espacio suficiente para que tomara asiento el coro de los niños cantores de Montserrat y jugara a las canicas, nos encontramos a Zala, vestido con traje oscuro y corbata anudada en perfecto nudo windsor en el cuello de la impoluta camisa blanca.

Fue llegar al hotel, dejar nuestras dos mochilas y oír el teléfono que sonaba con un tono clásico, antiguo, de teléfono analógico. Una mujer me informaba que en quince minutos un coche pasaría a recogernos en la entrada del hotel.
-¿Quién sabe, excepto , que estamos aquí alojados?
Ahmed me miró con una sonrisa irónica mientras se lustraba los zapatos con la esponja de regalo del hotel:
-Pues quién va a ser, ellos.... aquí lo saben todo de nosotros. O es que te crees que el formulario que llenamos lo han tirado a la basura. ¡Ja ! seguro que también saben que hemos pasado más pasta de la permitida en el dobladillo de nuestros pantalones, se hacen los longuis por algo que les interesa de nosotros. Uhmmm, fíjate que chachis han quedado los zapatos.
Efectivamente, sus zapatos de rejilla marrón brillaban como nunca.
-Cambiante de camisa mientras yo me doy una ducha.
Con siete minutos de retraso llegamos a la puerta del hotel. El mismo taxista que nos había traído nos abría la puerta de la Limousina negra, detrás dos motoristas y delante otros dos, en el coche dos banderitas de los Estados Unidos en el capó, ondeaban solemnes y daban una pista sobre el carácter del usufructuario de ese vehículo. La gente nos rodeaba con pretensión de acercarse al coche y era contenida por media docena de policías, hermosotes, negros y latinos, que nos sonreían con expresiòn de gratitud. Nuestro taxista iba como manda la costumbre, con blazer azul marino y gorra de plato. Entré en el recinto oficial volante y detrás de mi, Ahmed.
-¡Qué ganas tenía de veros ! Desde el Turó de l' home añoraba este encuentro.
Nos abrazamos, Zala olía muy bien y Ahmed que intentaba hacerse un sitio entre nuestros abrazos, olía a sudor rancio.
- Pero si eres clavadito a Él, cómo ha podido pasar todo esto, pero ¿eres tú el presidente ?
Zala sonrió y observé que le habían arreglado la dentadura que ahora exhibía blanca y bien alineada, también su pelo, muy bien cortado al dos, era idéntico al del presidente. No había manera de distinguirlos.
-Quiero saber cómo te has metido en ésto. Tu mujer y tu hija no se acuerdan de .
-Es lo planeado, yo ahora no existo para nadie, sólo para vosotros.
Estaba maravillada ante lo que veía. En el coche dos pantallas de ordenador situados en mesas de caoba, pasaban imágenes de la fiestaza que en ese momento tenía lugar en el Licoln Center. Tomamos unas cocacolas ofrecidas por Zala, que sacó de una nevera -también de caoba- adosada al asiento del chófer.
-Qué estilazo de vida llevas, Zala, ¿cómo te manejas aquí? ¿qué haces? ¿cuál es tu trabajo?
-Ya te irás enterando, ahora vamos a casa.
-¿A la Blanca, por un casual? - preguntó Ahmed , a quien parecía que esa posibilidad le encantaba.
-Yes.

Y mientras todos celebraban la fiesta previa a la toma de posesión, nosotros fuimos al ala este de la Casablanca, donde mantuvimos una reunión oficiosa con , Zala, el espíritu de Withhier, Federico, Virgi y un señor blanco, anglosajón, que no abrió el pico durante la hora en la que supimos el porqué de aquellos meses en los que mi vida se había convertido en un continuo absurdo y en la que todo me importaba un rábano, excepto volver a dar con . Era una reunión digna de final de novela de misterio de Agatha Cristhie. Al fin supe quién era el culpable de mi lío existencial.

domingo 18 de enero de 2009


En trece horas y dos escalas nos plantamos en Washington. Por algún influjo poderoso y desconocido, pasamos los controles de entrada a Estados Unidos sin que la policía reparara en nosotros y en los falsos pasaportes que exhibíamos temblorosos en nuestras manos junto a los pasajes de avión. A dos días de la toma de posesión de Obama, el aeropuerto Reagan era un hormiguero de turistas y Guardia Nacional, a partes iguales. Nos abrimos paso hasta una de las salidas del aeropuerto sin que Ahmed se atreviera a soltarme la mano. La temperatura en el exterior era de un grado bajo cero y en la cola que aguardaba su turno para subir a un taxi, la rasca teñía de rojo las narices y orejas de los que esperaban que avanzara la lenta sucesión de vehículos.
-¿Y si nos colamos?
-Por favor, Ahmed, qué poco conocimiento tienes. En este país te cuelas y acabas en el corredor de la muerte sin derecho de apelación. Esto no es España.
-Pero es que hace un frío de la leche, mira esos dos de ahí , están despistados, hagamos ver que estamos confundidos y nos metemos delante.
-Qué poco respeto por los derechos civiles ajenos.
Y con un movimiento sinuoso fuimos a parar con nuestras dos mochilas samsonite -compradas en las rebajas- al segundo puesto de la larga cola. Oí silbidos y murmullos de condena que ignoramos con una fortaleza de ánimo que ya quisieran los monjes japoneses o tibetanos, incluso los de Santo Domingo de Silos, envidiarían mi aplomo en ese momento. A los pocos segundos llegó nuestro taxi, un cochazo con escudos de la ciudad y una especie de pirámide en el techo. El conductor negro, alto y con rastas nos quitó las mochilas de la espalda y las tiró en el maletero.
-Tengo miedo, fíjate que malas pulgas tiene y bebe Pepsi Cola, debe de estar chalao.
Le dirigí una mirada reprobatoria a Ahmed, a pesar de que compartía la misma opinión sobre nuestro taxista. Efectivamente, en la bandeja del salpicadero había dos latas de Pepsi, una abierta de la que echó un sorbo en cuanto se acomodó en su asiento y la otra que abrió y de la que escapó un espumarajo que fue a parar al volante, y que enjugó con la manga de su camiseta púrpura, en la que figuraba sobre el pecho la inscripción ECCE HOMO. Sin mirarnos, nos preguntó algo que no entendimos.
No entender la pregunta no significa en mi cultura que no deba contestar.
-Hotel Topaz, plís.
Acerté. El coche se puso en marcha con alegres movimientos serpenteantes entre los centenares de taxis que nos rodeaban. Al poco rato de circular por una autopista de varios carriles, le obligué a Ahmed a soltarme la mano, aparté de mi sus dedos sudorosos y le convencí de que el peligro, caso de que hubiera existido, ya había pasado; él se agarró ambas manos y se las restregó con la preocupación de un inversor en bienes inmobiliarios sitos en la costa dorada. En mi caso, la alegría por estar tan cerca del reencuentro con Zala y, quizás , conocer a Obama, me producía tal sentimiento de levedad existencial que consideré sublime la música de la radio tarareada por el taxista; era lo que se denomina Gospel. Una voz de mujer cantaba esto:

Touch, touch me Lord Jesus
With Thy hand of mercy
Make each throbbing heartbeat
Feel Thy power divine
Take my will forever
I will doubt Thee never
Oh, cleanse, cleanse me dear Saviour

Y si puedo transcribir la letra es gracias a los acontecimientos que unas horas más tarde sucedieron en el cruce de Pennsylvania Avenue con Independence Avenue, lugar donde Zala vino a recibirnos en una Limousine negra. Nuestro Zala de Barcelona se había convertido en el doble oficial de Obama; el taxista era un agente del FBI. Quizás por eso, bebía Pepsi. Todo lo anterior lo supimos al día siguiente, en la víspera de la toma de posesión de Obama.
Del río Potomac, ascendía una neblina glacial cuando la noche del 18 de enero de 2009 atravesamos el lateral de Anacostia Park, camino de la Casablanca.

sábado 10 de enero de 2009


El día 10 de enero de 2009, recogimos los falsos pasaportes en el Starbucks de la Diagonal. Virgin y su compinche nos esperaban en los mugrientos sofás de la entrada con vistas a la calle. Virgin leía la edición francesa de Marie Claire y quien parecía su esbirro, una novela. Hasta que no estuvimos sentados no puede ver qué novela era esa que leía con tanta devoción. Por un momento temí que estuviera acompañada por el tipo tan desagradable con el que se abroncó la noche de san Juan. Según me dijo, cuando le pregunté por él, mientras Ahmed iba a recoger los brebajes de café mezclado con jarabes desconocidos, aquel individuo paranoico que había sido su amante, estaba viviendo en Gossol, donde pretendía fundar un albergue -de pago- para seguidores místicos del mossén Jacint Verdaguer -que Dios lo tenga en su gloria-.
En fin, el tipo que la acompañaba, vestía de negro, salvo por un detalle fúnebre y criminal: la camisa de rayas negras y grises sobre las que había prendido dos pins en el lado del corazón; uno era la lengua roja del Rolling Stone y el otro, un incongruente Piolín que se daba de leches con la cara recién afeitada, de labios inexistentes y ojos esquivos de quien estaba leyendo La educación sentimental de Flaubert. El libro se abría y cerraba como un acordeón por acción de las manos huesudas de su propietario que no perdía de vista al personal que entraba y salía a esa hora del local.

-Toma, creo que este regalo os gustará.
Cogí la bolsa del Corteinglés - tamaño tableta de chocolate- y la metí en mi bolso mochila. Es así como hay que actuar cuando se cometen delitos, con donaire y despreocupación. Virgin me sonrió. El pago estaba hecho y nuestra relación ya no daba más de sí porque el proyecto de matrimonio amañado no nos interesaba, por el momento. Nuestro viaje a Estados Unidos era el objetivo en el que concentrábamos todo nuestro interés. Mi temor principal residía en que Ahmed, con su piel oscura y su pinta de pakistaní fuera considerado sospechoso y confinado en Guantánamo o en cualquier prisión para enemigos de la libertad y la democracia. Confié mi preocupación a Virgin.
-No, imposible, su pasaporte es consular, lo hemos puesto de agregado comercial del Consulado de Turquía en Barcelona y Turquía es miembro de la OTAN.
-Gracias, Virgin, estás en todo.
Estuvimos un rato charlando de las rebajas mientras Ahmed miraba embelesado a una rubia que se había sentado junto a él, con el notebook sobre las piernas largas metidas en estrechos tejanos y concentrada dándole con el índice al ratón, parecía que navegaba por internet.
-¿Me puedo tomar otro machiato?
¿Cómo podía negarle a Ahmed ese capricho? le dije que sí con la cabeza.
Virgin se levantó y con ella su acompañante.
-Pues nos vamos, que tengo dos bodas este mediodía.
-Qué lástima, con lo bien que se está aquí...- Dije sin mucha convicción.
-Perdón, espera un instante, Virgin, voy al baño.
-Es el novio de la primera boda- Virgin me guiñó un ojo y contempló con satisfacción como el tipo alto y musculoso desaparecía por la puerta lateral en dirección a los lavabos.
-¿De pega o auténtico?
- ¡Qué pregunta! Está sin trabajo desde hace tres meses, era escritor de novelas románticas, un negro, vamos, firmaba sus libros como Palmira Peterson, pero la editoral ha cerrado y el pobre , como no estaba asegurado ni dado de alta, pues está ya sin blanca. Se casa con una colombiana de posibles a cambio de seis mil euros.
- ¿Has subido la tarifa?
-Esta es una boda especial porque ella, la colombiana, lo quiere también para pasearlo por ahí y enseñarlo a los amigos. Palmira Peterson tiene muy buena conversación.

Cuando salimos del Starbucks hacia el mismo frío glacial que cuando entramos.
-¿Tú crees que pasaré sin problemas por la aduana?
-Si, cielo, no te preocupes. Y apreté a Ahmed contra mi brazo mientras íbamos de camino al restaurante del Hilton, para celebrar que Ahmed ya tenia papeles. Un extraterrestre nos pasó por el lado y nos sonrió con picardía cuando entramos en el vestíbulo del hotel, lo supe porque me susurró al pasar junto a mí: no permitirá contratiempos en vuestro viaje.

Menos mal, pensé, porque con la vida que nos estábamos dando, el contenido del maletín menguaba a velocidad vertiginosa. Y aún nos quedaba una tarde de rebajas.

domingo 4 de enero de 2009


De vuelta a casa le pregunté a Federico si hacía mucho tiempo que trabajaba en la Universidad y cómo podía ser extraterrestre y al mismo tiempo profesor de literatura y si, esa vida secreta, era compatible con las exigencias del ciudadano corriente. Y sobre todo, quería que me contara el porqué de todo ese embrollo cuando habría sido más fácil apropiarse de todas las televisiones del mundo y copar los telediarios para informar que los extraterrestres son ellos, que están en este planeta, que salen y entran en nuestro Universo según les viene en gana y que pueden realizar actos portentosos sin que se les mueva el tupé.
-¡IMPOSIBLE! - gritó - eso va contra nuestros principios
-Sí, eso jamás. Imagínate, querida, la que se iba a armar si dijéramos que somos quienes somos. Nos perseguirían, intentarían eliminarlos, aunque no podrían, claro; la gente se volvería más tarumba aún de lo que está y nosotros no podríamos desarrollar nuestro trabajo.
-Pues tanto secretismo me parece una gilipollez y no le veo el sentido. Yo mismo estoy muerto y sigo ahora aquí, sin ver que será de mi en el futuro. -Ahmed señaló con su índice la cara de Arancha, se paró en la esquina de la calle del Doctor Rizal, y preguntó-¿Qué gracia tiene haberme traído otra vez aquí, si yo ya había hecho el tránsito y estaba tan contento? ¡Joder!
Su aliento olía a alcohol y tenía la mirada extraviada; estaba borracho y también cabreado. Federico, le cogió por los hombros con las dos manos, carraspeó y en tono didáctico le comunicó lo siguiente:
-Tu comprensión es muy limitada, y ahora turbia como el vino que te has bebido, pero Ahmed, te aseguro que tu segunda vida tiene un motivo que muy pronto descubrirás. Y ahora tenemos que despedirnos. Por cierto ¿Cómo están vuestros pasaportes?
- El día 2 de enero los tendremos.- contesté pues esa era la fecha convenida para que Virgin los entregara.

Arancha nos besó en las mejillas y Federico nos dio unas palmadas en los brazos, mientras se despedía dijo:
-Nosotros bajamos hasta Diagonal a coger una taxi. Adiós, nos veremos en Washington el 20 de enero.
Ahmed entrecerró los ojos y bostezó, para evitar que diera un traspiés le cogí del brazo, caminamos juntos por mitad de la solitaria calle del Doctor Rizal sin decir ni pío.

jueves 1 de enero de 2009



El día de Navidad el tiempo despejó, hacía sol y la temperatura era agradable. No teníamos familia con quien reunirnos y tampoco estaba Zala con su mujer y su hija, como en los años anteriores, para comernos juntos la escudella, los langostinos y el besugo, platos recurrentes en esta ciudad en el menú navideño. El día de nochebuena llamé a la puerta del piso de Zala, con la esperanza de que su mujer hubiera recuperado la memoria, pero en cuanto le pregunté por su marido, ella me lanzó una mirada de cansancio:
-¡Otra vez con esa monserga! Te he dicho mil veces que soy madre soltera y no tengo ma-ri-do.
Intenté apaciguarla entregándole un regalo para su hija, era una bufanda y unos guantes comprados en una tienda de comercio justo, la tienda donde trabajaba un amigo de Zala, quien tampoco tenía el más mínimo recuerdo de él, según me dijo esa misma mañana.
Le di el regalo que había sido confeccionado a mano por unas niñas de una aldea del Punjab
-Gracias, ahora no está, para ya se lo daré de tu parte.
Era evidente que me consideraba una fisgona y una vecina desagradable y tampoco tenía memoria de nuestra amistad, de las tardes que habíamos pasado juntas, de compras o simplemente tomándonos una café.
-Mmmm, entonces ¿aquel hombre negro y alto que algunas veces he visto entrar aquí no es nadie de la familia? perdona , si te molesta que te pregunte....
-Me molesta ¿Un negro? No, en esta casa sólo ha entrado un chino, el señor Chen, el de la tienda de abajo.
-Claro- sonreí con expresión lastimera- pues Feliz Navidad.
-Igual para ti.
Y cerró la puerta con un portazo.
El día de Navidad, Ahmed y yo estábamos solos, a él ese día le dio por limpiar los cristales del ventanal del balcón, pues al no tener raíces cristianas en su cultura, el 25 de diciembre significa lo mismo para él que el 25 de septiembre, pongamos por caso, pero yo estaba muy desconsolada y me sentía un personaje desgraciado de Dickens, de esos que miran desde la calle nevada el interior calentito de las casas, adornadas con el árbol de Navidad y los regalos envueltos en papel de colores. Y mientras se frotan las manos con sabañones y lloran en silencio su soledad y tristeza contemplan las familias que cantan y comen juntas, y se abrazan y discuten en tono de chanza y amabilidad.
- Ahmed, estamos solos y no tenemos nada para comer. Es Navidad.
-Saca del maletín doscientos euros y vayámos a comer al mejor restaurante de la ciudad, ¡qué cojones!
- No sé si a le gustará que le demos ese uso a su dinero.
Y mientras mi conciencia me remordía saqué trescientos euros por si acaso nos apetecía algún otro capricho.
-Vamos a llamar a Arancha y Federico y les invitamos a comer.
Y aunque ya sabíamos que esos dos eran extraterrestres, una de ellos, marqué su número de teléfono, estaba segura de que aceptarían la invitación.
- ¿Comer juntos? querida, es una idea estupenda.
Dos horas más tarde nos encontramos en los Jardinets de Gracia, Junto al árbol de Navidad a pedales que había instalado el ayuntamiento, los cuatro nos encaminamos calle arriba, alegres como una familia bien avenida que se acaba de reencontrar después de mucho tiempo, hasta que llegamos a uno de los restaurantes gallegos más conocido de Barcelona.
Arancha comió media docena de ostras, una langosta a la plancha y tarta de Santiago, Federico mucho más frugal y morigerado, se conformó con rape y berberechos al vapor.
- ¿En vuestro planeta también os gusta la cocina gallega?
Mi pregunta dio pie a que Federico nos explicase con detenimiento algunos aspectos de la naturaleza de esa especie de extraterrestres.
- No hija, allí no comemos nada, somos simplemente energía, por eso cuando nos hacemos mortales, las necesidades y los sentidos son los propios de los seres en los que nos encarnamos.

Con esta conversación trascendental nos dieron las seis de la tarde, ya era de noche y hacia frío pero no lo sentíamos, quizás gracias a las tres copas de orujo que nos habíamos endiñado con el café.

Por suerte, antes de salir de casa un pálpito me hizo regresar al maletín para sacar otros trescientos euros, ese acto de previsión fue una señal inconfundible de que está detrás de todos nuestros actos, porque la factura del restaurante fue sideral.

domingo 28 de diciembre de 2008


Ese beso perturbador nos dejó mudos. ¡Cómo podíamos imaginar que esos dos fueran pareja, con tal diferencia de edad! y sobre todo, siendo la vieja ella y no él; una situación muy poco convencional que nos hacia sospechar que existía, si no interés económico, si una ganancia social de mejora de estatus. Pronto averiguamos que Arancha era beneficiaria de una escasa pensión de subsistencia que no alcanzaba los quinientos euros mensuales y que ni siquiera la casa era de su propiedad. Esa era la tapadera terrenal.
-¿Qué le verá ese zopenco a esa?
-¡Por Dios, Ahmed! muérdete la lengua, esa mujer es maravillosa, para que lo sepas, hay gente que no es sensible a la juventud ni a la belleza, por raro que te parezca existen individuos que aman a otros por sus cualidades espirituales, acaso por su intelecto o por su bondad Arancha es un preciado tesoro sólo percibido por muy pocos, por Federico, según vemos.
En ese momento, mientras murmurábamos en el rincón, Arancha nos sonrió y la habitación con todos sus libros brilló como si la iluminaran mil soles. era ella. Federico se acercó y resplandecía, parecía más delgado y más alto, incluso las arrugas del entrecejo se le borraron y su aspecto general era como si se hubiera transformado en un serafín -un ser alado brillante cuasi humano- un ángel del bien del amor y del fuego ( según Wikipedia). Es un Serafín, me dije a mi misma y eso que no tenía pajolera idea de lo que era un serafín, pero ya no me hacía falta saber porque mi mente, de pronto, alcanzó el conocimiento absoluto: lo comprendí todo en un segundo, fue una iluminación. Ahmed debió sufrió el mismo proceso porque sus ojos húmedos y sus labios recitaban agradecimiento, estaba transfigurado.
- Ahora que ya comprendéis que no existe antes ni después, ni ahora ni nunca, ni cerca ni lejos, ni muerte ni vida .....-Así continuó Federico con una larguísima enumeración de conceptos y sus contrarios que me da pereza transcribir. Como en un episodio de Barrio Sesamo, nos señalaba abajo y arriba a derecha e izquierda para ilustrar la falsedad de nuestro universo físico.

-¡Es verdad! Cómo hemos sido tan ciegos, tan ignorantes- dijimos casi al unísono, Ahmed unos segundos más tarde que yo repitió estas mismas palabras
- Muy sencillo- Arancha () nos tomó las manos- porque sois criaturas humanas, está en vuestra naturaleza ser duros de mollera, instintivos y territoriales, aún os quedarían centenares de miles de años para modificar vuestra estructura mental, pero ya no hay tiempo porque este planeta está muy cerca de su fin y hay que darse prisa .

Como digo, todo lo comprendí en un instante, pero tal como vino la iluminación se fue y ahora que escribo esto sigo tan zote como antes y aunque sé ya cuál es nuestra misión también sé que el dinero de la maleta debe servirnos para viajar a Washington, hablar con Obama sobre el fin, traernos a Zala, pero no puedo explicar el porqué de ésta mesiánica razón y si es cosa de un alucinación o en realidad, es un ciudadano, como nos dijo, de la galaxia que se halla a cincuenta años luz de la nuestra, habitante de un sistema solar de dos estrellas con un planeta de tres lunas y en el que ya nadie da golpe porque se han liberado de la atadura del trabajo y del consumo. Podemos llamar a , Dios, pero no quiere porque dice que eso es un primitivismo muy chusco.
Son extraterrestres buenos -eso dicen- y Obama será un intermediario junto Zala -su doble- Ahmed y yo para que la humanidad evolucione cagando leches. Eso es lo que hay.